El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El reducido aposento parecíale un refugio, empero era opresivo, como la atmósfera del lugar donde yacía Ancliffe. Pero aquella opresión no era la muerte. Allie estaba familiarizada con esta última. Y aquel refugio… la escalofriaba.

Una habitación que no era la de alguien…, que estaba deshabitada. Y, sin embargo, contenía el mismo moblaje que Durade había adquirido para ella, limpio y cómodo. Allie se abstenía, no obstante, de tocar nada. A través de las delgadas paredes, oíase el sempiterno rumor de voces, música y canciones.

A veces, le parecía oír el lejano martilleo y ruido de tablones al apilarse.

Probablemente no llevaba sino breves instantes en el aposento cuando le pareció que llevaba horas. A buen seguro que no podía tardar en regresar con Neale aquella mujer. Y la mera idea ahuyentó de su espíritu todas las demás, dejándola palpitante de esperanza y de inquietud.

Pasos afuera la distrajeron de su nervioso estado. Alguien se acercaba por el pasillo. Su corazón dio un brinco…, volviendo a aquietarse. Quienquiera que fuese pasaba de largo. Oyó la voz pastosa y gutural de un hombre y la huera, inane, risa de una mujer.

La muchacha sentíase desfallecida. La tensión era demasiado violenta. Se había dejado llevar de sus esperanzas y temía que resultasen fallidas.


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