El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —PodrÃa estar mejor sin lamentarme —contesto Neale—. Me duele la cabeza que me rabia, y me abrasa la frente. No me extrañarÃa empezar a decir tonterÃas de un momento a otro. ¿Te molestarÃa mucho traerte aquà tus mantas y hacerme compañÃa?
—Encantado —dijo King poniendo solÃcito la mano sobre la frente de Neale—. De fijo, tienes fiebre. —Salió, regresando al poco rato con un rollo de mantas y una cantimplora con cuyo contenido baño la frente y el rostro de su amigo. La fogata iluminaba con intermitencias la tienda. A su luz, vio Neale que el cowboy llevaba venda da la mano izquierda, de la que se valÃa con dificultad.
—¿Qué te pasa en la mano? —preguntó.
—Opino que nada.
—Entonces, ¿por qué la llevas entrapajada?
—Porque un hijo de alcornoque me azuzo al médico militar y dice que tengo dos dedos rotos.
—¿SÃ? ¡No se me ocurrió ni por asomo que pudieses estar herido! ¡No dijiste palabra y… nos llevaste a cuestas a mà y a mis instrumentos todo el dÃa… con una mano rota!
—¡Bah! No estoy muy seguro de que lo esté.
Neale abrumo a denuestos a su compañero, hasta que darse dormido. King comenzó su vigilancia, renovando de vez en cuando las húmedas compresas de su frente.