El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Santo cielo! —respingó Neale—. ¿Habla usted en serio?
—¡Vaya! ¡Y tanto! —replicó Henney—. Escuche, Neale —prosiguió con seriedad—. En pocas palabras, ése es el caso. Usted quedará encargado de los estudios y replanteos difÃciles y especiales, como el de ayer, pero sin la rutina del trabajo. Además, irá de un lado a otro inspeccionando, calculando. Podrá establecer sus cuarte les con nosotros o en los campamentos de construcción, como prefiera y más le convenga. Naturalmente, todo esto más adelante, cuando hayamos avanzado. En cierto modo gozará de mayor libertad y será usted su propio jefe, capacitándose para el futuro cargo en VÃa y Obras. A serle franco, el general lo dijo asÃ, le llamó a usted «VÃa y Obras Neale». Enhorabuena y… mi consejo es que siga por donde ha empezado, sin quitarle ojo a su selvatiquez y a su viveza de genio. Nada más, buenas noches.
Y salió, dejando a Neale boquiabierto.
Aquella noche, el joven topógrafo tuvo muchos visitantes, siendo el último de ellos Larry King. Al entrar en la tienda, el cowboy se detuvo.
—Bueno, ¿cómo estás? —pregunto.