El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¿El qué? —preguntó McDermott.
—¿No cubriste su rostro cuando la trajimos aqu�
—Seguro que sÃ, Casey.
—Y… ahora tiene otro aspecto… ¡Mira, Mac!
Casey se agachó a recoger el cuaderno de sobre el pecho de la mujer. Sus torpes dedos lo abrieron con trabajo.
—¡Está escrito, Mac! —exclamó.
—Pues…, ¡léelo, simple!
—¡Oh! ¡Aunque no sea un escribano… leer… sà que sé leer! —replicó.
Casey, empezando a deletrear laboriosamente lo escrito, de repente se interrumpió mirando a McDermott.
—¡Que mil diablos…! ¡Por Dios! ¡Es para mi amigo Neale!, y una carta de amor…
—Pues guárdala para Neale y… ten la decencia de no leer ni una palabra más.
Alzando a Beauty Stanton, la sacaron afuera. Su cérea faz era en sà una trágica historia.
—Mac… ¡qué guapa era! —dijo Casey—, y… ¡una señora…!
—¡Todo el mundo te da lástima! Esa Stanton sà que era guapa y… quizá una señora, pero… más mala que la quina.
—HacÃa tiempo que sospechaba que no tenÃas entrañas, Mac… Y ahora veo que tampoco tienes seso.