El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Soy tan inteligente como tú, aquà y en casa —replicó Mac Dermott.
—Entonces… ¿cómo no viste que esta pobre infeliz vivÃa cuando la trajimos aquÃ? Debió volver en sà y entonces fue cuando escribió la carta a Neale… antes de morir.
—¡Dios! ¡Casey! ¡No lo dices en serio!
Casey asintió en silencio arrodillándose para pegar el oÃdo al pecho de la Stanton.
—Ahora sà que no hay duda —dijo incorporándose.
Se valieron de la lona de la tienda para amortajarla y, llevándola a la llanura, la bajaron a la fosa contigua a la del cowboy.
Casey volvió a hacer la señal de la cruz, prestando luego mayor atención que su compañero al relleno de la tumba, apilando la tierra hasta formar un túmulo sólido y liso. Al terminar, se le habÃa apagado la pipa. La volvió a encender.
—Beauty Stanton…, pocas veces habrás tenido más limpio lecho —dijo—. Y… pronto no habrá nadie que sepa dónde estás.
Los dos compadres se echaron las palas al hombro y emprendieron la marcha.