El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Es imposible! —gritó Collins—. Han cortado el hilo… aunque… serÃa igual si lo tuviésemos… Al ver vuestro tren pensé que quizá podrÃamos correr el albur de destacar a la máquina sola, pero… la lleváis detrás del convoy y no tenemos aguja de desvÃo… ¡Es infernal!
—Hay cosas más infernales todavÃa, Collins… Yo de tendré al general Lodge.
El fornido irlandés dio media vuelta, yendo hacia el primer vagón seguido del grupo entero boquiabierto, ad mirado. Casey trepó sobre la grava.
—¿Qué condenación vas a hacer? —preguntó McDermott.
—Hazme el favor, Mac. Desengancha la góndola.
McDermott pasó entre los topes anunciando a poco haber cumplido el encargo.
Collins y los demás espectadores comprendieron simultáneamente la idea.
—¡Por todos los diablos! ¿Eres capaz? Tienes veinte kilómetros de rampa descendente. Esa góndola, con su carga… se va derecha a los cerros, pero… pero…
—Será fácil, Collins. Pasaré por ese desfiladero como una pÃldora por un elefante. Los sioux no vigilarán este lado. Hay una curva. Cuando me oigan será tarde. Y… no levantarán la vÃa hasta el último instante.