El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Casey experimentó su primer escalofrío. Y sus nervios se tendieron ante la crisis mientras sus callosas manos se aferraban al freno. La góndola, «desbocada» ya, tomaba una curva con estrepitoso estruendo. Los indios lo oirían, pero… si no descarrilaba, muy raudos tendrían que ser para alcanzarle. Sin darse apenas cuenta se encontró en la curva. Sintió cómo las ruedas abandonaban la vía en el peralte y el chirrido silbante de la pestaña de las interiores rozando contra el otro raíl; a no ser por su firme asidero a la cama del freno, habría salido despedido. El viento zumbaba en sus oídos; con un súbito bamboleo, el vagón pareció alzarse. Casey pensó que habría descarrilado, pero se volvió a sentar sobre los carriles terminando la curva.
El ramalazo se ensanchaba. Vio centenares de caballos, pero ni un solo indio. Siguió su marcha, cruzó un puente y vio más caballos. Su pensamiento trocóse en realidad. Los sioux estaban emboscados.
¡Cuánto dependía de él y de su suerte! Palideció, pero no de temor por sí mismo. Ni por un instante había dedicado a su seguridad personal la menor atención.