El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Sobre el estruendo de las ruedas sonaron los estampidos de los rifles; se volvió a buscar el resguardo de su improvisada trinchera… Vivía un instante terrible, interminable… una vida. La góndola salió a la claridad del abertal. La opresión se alzo del pecho del irlandés. Ante sí extendíase el infinito declive, desarrollándose hasta los negruzcos cerros de la lejanía. Penetrantes alaridos le hicieron volverse. La cresta del desfiladero estaba llena de puntos movedizos. ¡Indios! Penachos de humo flotaron en la atmósfera. Casey notó el impacto del plomo. Las emplumadas saetas multicolores surcaron raudas el espacio; dos se clavaron en la grava, otra en la madera. Algo le dio un golpe en un hombro. ¡Otra saeta! La vio, vibrante aún el astil al hundirse en la carne y arrancándosela de un tirón, la blandió como un desafío hacia los sioux.
—¡Os he podido, malditos! —aulló. El prolongado alarido de rabia y de chasqueada expectación de los indios seguía en sus oídos cuando la góndola estaba ya fuera de su alcance.
Casey miro a la línea. Tenía a los sioux detrás y la vía libre. A lo lejos, donde los rieles parecían juntarse, vio los penachos de humo de una locomotora. ¡El tren del General!