El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El agobio de preocupación y de temor que le había abrumado pareció desvanecerse como por ensalmo. Su misión no estaba aún terminada, pero había vencido. No se volvió a ocupar de los indios. Fracasado su primer intento de emboscar el tren, sabía que las tropas evita rían una segunda tentativa. Miró ante sí. El viento le azotaba el rostro, y el puro, pungente aroma del desierto perfumaba la atmósfera.
La góndola seguía la recta cuesta abajo a kilometro por minuto.
Y Casey, opinando que no estaría de más empezar a frenar gradualmente, empujó con suavidad la cama, que no le obedeció. Lo volvió a intentar… ¡en vano! ¡El freno se había roto!
Sin soltar la palanca, el irlandés miro a la vía. El tren estaba aún muy distante. Apenas si era más que un punto negro en la lejanía. De pronto se dio cuenta de un modo vago de que ocurría algo insólito.
—¿Qué condenación…? —murmuró. Su mente extrañamente absorta localizo lo ocurrido. ¡Se le había apagado la pipa! Se agachó en el hoyo que había hecho en la grava, vaciando su contenido en la palma de la mano.