El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale se estremeció. ¿Por qué le miraban todos tan extrañamente? Aquel veterano trampero era demasiado sencillo, demasiado franco para disimular su compasión.
—Vamos… a alguna parte… donde no haya gente… —exclamó—. No hables…, no digas nada… Espera…, aquà tengo una carta… cuya lectura va a ser… un infierno.
Salieron sin saber cómo de la concurrida calle y, con la muerte en el alma, abrió el cuaderno de Beauty Stanton y leyó.
«Me llamaste… un horrible nombre. Me pegaste. Me has matado, Estoy moribunda, Neale, estoy moribunda… ¡Y te amaba! Fui a demostrártelo. Si no hubieses sido tan ciego… tan obtuso. Sólo pido que alguien encuentre este escrito mÃo… y te lo lleve.
»Ancliffe trajo a tu prometida, Allie Lee, a mi casa… para que la escondiese de Durade. Me encargó que te bus case antes de morir. Al arrebatársela a la cuadrilla de Durade le habÃan malherido. Y Hough… dio también la vida por ella.
»Viendo a Allie Lee comprendà tu ruina, Neale. ¡Loco! ¡No habÃa muerto! VivÃa, inocente y pura como un ángel. Y… ella no supo… no adivino la clase de mujer que yo era… Me transformó… crucificándome. Reclino su cabeza en mi pecho. ¡Aún creo notar su contacto purificador, bendito!