El Caballo de hierro
El Caballo de hierro ¿Que si estaba allÃ? —repitió McDermott enjugándose el frÃo sudor de la frente—. ¡Por Dios, que si!
Eran las cinco y media. Por las calles parecÃa discurrir inusitado número de gente menos presurosa, atareada y alegre que de costumbre y más inclinada a reunirse en grupos, hablando en voz baja y excitada.
El general Lodge se llevó a McDermott adentro.
—Ven, necesitas tomar algo que te sostenga. Estás que das lástima —dijo.
En el bar, la sarmentosa mano del irlandés temblaba al coger la copa de whisky.
—Ya no soy el que era, General —se lamentó—. Casey en el otro mundo…, una batahola de todos los diablos con los indios para llegar aquà y… no habÃa hecho sino apearme del tren… cuando ocurrió.
—Pero… ¿qué ocurrió? He oÃdo explicaciones para todos los gustos; mis subordinados están recogiendo noticias. Cuéntame, Sandy.
