El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Al conocer la muerte de Casey comprendí que me era indispensable un refuerzo —comenzó el irlandés— y me metí en ese «Palacio» de Durade. Después de echar un trago asomé la cabeza a la sala donde tocaba la música y… ¡vaya si es un palacio! Había allí un señorito de levita… que, por lo visto, ¡por Dios!, no tenía a menos correrse una juerga. Algunos me eran conocidos. Ese míster Lee, que fue comisionado algún tiempo del U. P…, estaba con un grupo de amigos.

«Por casualidad me hallaba cerca de ellos cuando entró una muchacha… guapa de veras… pero triste, con unos ojos melancólicos, que me dieron ganas de pelearme con alguien. Luego supe que estaba buscando a Durade.

»Bueno…, cuando Lee le echó la vista encima, procedió muy raramente, tanto que me acerque aún más.

»—¡Qué asombroso parecido! —Le oí decir.

»Y metiéndose la mano en el bolsillo, saco una cartera y de ella un dije, mirándolo y mirando luego a la muchacha… Se puso de color del papel…

»—¡Señores…, miren ustedes! —dijo, y todos miraron, quedándose como quien ve visiones—. Mi esposa —dijo entonces Lee— me abandono hace años…, huyendo con un tahúr… Si tuvo alguna vez una hija… es esa muchacha…, porque es la viva estampa de mi mujer hace diecinueve años…


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