El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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»Cuando, de repente, veo entrar a Neale y a Slingerland… y tuve que agarrarme para no caer de espaldas. La chica también se bamboleó. Neale, de un brinco, se puso frente a ella.

»—¡Durade! —gritó con una voz que creí haría alzarse el techo».

McDermott se enjugó el rostro y llevándose la vacía copa a los labios la apuró, sediento. El General no se hizo repetir la indirecta. Ya más refrescado, el irlandés prosiguió:

—General, usted conoce a Neale y cómo es de grande y… que temple tiene. Excepto Casey…, no ha habido ni habrá otro igual en el U. P. Pues ni yo, ni usted, ni nadie, ha visto nunca a Neale como yo le vi entonces.

«Sin vacilar, se abalanzó sobre Durade. Cualquier idiota que no fuese el tahúr habría visto llegada su última hora, pero éste… disparó sobre Neale.

»Él se echó a reír con una risa que tenía la misma alegría que la de Durade con Lee…: odio y sangre. Habría usted dicho que estaba contentísimo de haber parado una bala con el cuerpo.


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