El Caballo de hierro
El Caballo de hierro »—Madre ha muerto; la asesinaron los indios.
»Y Lee, al oÃrlo, gritó.
»—¿Entonces… abandono… a ese…?
»—Si —respondió ella—. VolvÃamos al Este…, me llevaba a mi… a… casa…, pero los sioux atacaron la cara vana… y… murieron todos… menos yo.
»Durade corto la palabra a la muchacha. Reptiles he visto en mi vida, pero les daba ciento y raya.
»—Lee…, me abandonaron las dos… —dijo—. Las fui persiguiendo… Perdà a la madre…, pero cogà a la hija…
»Su rostro se puso amarillo y… viejo y… arrugado, con manchones rojizos. Se le arremangaron los labios, como a un lobo, y en sus ojos se vio que estaba loco.
»—¡Miradla! —gritó desaforadamente—. Allie Lee…, sangre de su sangre…, no lo puede negar… ¡Su hija!… Ha sido mi esclava…, mi perro, obedeciendo mis órdenes sin rechistar…, ha pasado por Benton…, ha sido la hez de los campamentos…, es tan vil y tan perdida como su madre.
»Allison Lee pareció encogerse de sonrojo, pero la chica, ¡por Dios!, nadie habrÃa podido creer, viéndola, que fuese lo que aquel mal espÃritu decÃa. Estaba blanca, inmóvil como un ángel de piedra.
Durade sacó uno de esos juguetes que llaman derringer apuntando a Lee y farfullando en su jerigonza. Nunca he visto cara tan infernalmente satisfecha.