El Caballo de hierro
El Caballo de hierro »Entonces el gentÃo se abrió para dejar paso a un su jeto que por lo visto llevaba prisa…, un apunto» hecho un brazo de mar…, cubierto de brillantes…, un tahúr, de aspecto… rastrero. Al ver a la chica le gritó: «Vuélvete ahà dentro», señalando con la mano, pero ella ni le miró siquiera.
»Alguien a mi lado dijo que era Durade. ¡Y lo eras De pronto se percató de quién estaba cerca de ella…! Lee.
»El Durade se puso blanco y verde y de todos los colores del arco iris, pero… Lee le dejaba chiquito… Se convirtió en una fiera… Dijo un nombre en español que no se parecÃa a Durade. Y como una vÃbora, el tahúr exclamó:
»—¡Allison Lee!
»Entre los dos hubo una pausa, mientras los mirones esperábamos de un momento a otro ver arder el infierno. Enemigos de toda la vida, me dije yo, acertándolo, sin saberlo, a la primera.
»Durade empezó a perder la cabeza. Cualquiera que conociese a los mejicanos —y son todos iguales— habrÃa podido decir que de un momento a otro correrÃa la sangre.
»—Ha vuelto… con usted… —jadeó.
»—¡No…, ladrón!… Perro maldito…, hace diecinueve años que no la he visto —dijo Lee.
»La chica metió baza: