El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—De veras, Reilly… estoy sereno y… hablo en serio —dijo Neale—. Quiero… retroceder… tender rieles… hundir roblones.

El capataz recobró su serenidad.

—Bien, bien —replicó como si oyese pero no entendiese—. Adelante… y… ¡grande sea el poder de su brazo! Destacó a Neale con la brigada que descargaba traviesas.

En la vía, parada en el lugar donde quedó la víspera el trabajo, había una hilera de góndolas cargadas de rieles y traviesas. Más allá extendíase el fundamento afirmado, hasta perderse de vista. El sol caía de plano; la seca, abrasadora brisa del desierto bajaba de los cerros barriendo el yermo; el polvo se levantaba arremolinado; por doquier temblaban los velos de calina.

—¡Duro y a la cabeza! —gritó una alegre voz. Y Neale recordó a Casey. La brigada recibió orden de transportar las traviesas. Neale se cargó la primera que bajaron del vagón.

—¿Por qué diablo tanta prisa? —protestó su compañero. Pat, sujeto sarmentoso nudoso, rojo como un ladrillo, surcado el rostro de arrugas.


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