El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Llevaron la traviesa al extremo de los rieles encarnándola sobre el fundamento y apilando la grava a su alrededor. Luego fueron a buscar otra cruzándose con una docena de parejas similares ocupadas. Detrás venÃan, doblegados por el peso, los que transportaban los rieles. Asà empezó el dÃa de labor.
Pat, mirando de soslayo a su compañero de faena, habÃa dado a entender a los demás de la brigada con gestos y guiños expresivos su mala suerte al verse acoplado a un «novato». Pero su ridÃculo se trocó pronto en respeto y poco después ofrecÃa sus manoplas a Neale, que no las aceptó.
—Pero amigo, tú no estás acostumbrado como yo —dijo.
—Si me sigues hasta acabar la jornada… esta noche tendrán que ayudarte a desnudar, Pat.
—¡Vivan los faroles! ¡Vamos a verlo!
Las sensaciones de calor, cansancio o de dolor parecieron inexistentes de momento para Neale. El irlandés le seguÃa presa de profunda emoción. Para él el mundo y la vida habÃan cesado al ponerse el sol la vÃspera y desaparecer Allie Lee de su horizonte. Su razón de estar allÃ, trabajando, era aparentemente por tender algunos metros de lÃnea, por clavar algunos cientos de roblones en los últimos kilómetros que él habÃa nivelado. Su propósito era seguir la tarea hasta que empalmasen el Este con el Oeste.