El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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¡Qué espléndidos compañeros de trabajo eran aquellos hirsutos irlandeses! Neale los había admirado siempre. Ahora los miraba con afecto. Cada brigada parecía contener un terceto como el que había conocido… Casey, Shane, McDermott. Adivinó que eran todos fundamentalmente iguales. Penaban, sudaban, blasfemaban, bebían y se peleaban quedando diseminados por el desierto en centenares de tumbas anónimas. Y la inmensa obra seguía su camino… sin alterarse su unidad.

Experimentaba, al trabajar, sensaciones que a los otros estaban vedadas. Al transportar una traviesa se preguntaba de dónde procedería, de que árbol habría sido escuadrada, quién se habría cobijado a su sombra, que pájaros habrían hecho entre sus ramas el nido. Percibía cierta afinidad entre aquel inanimado madero y él. Parecía ser el lazo de unión con un pasado muy remoto, intangible espíritu de sí mismo.

Cuando iba a buscar otra, sus ojos se recreaban en las hileras de hombres activos, ocupados, transportando carriles, tendiéndolos, y en las espléndidas figuras de los remachadores y robloneros[26], desnudos los torsos, blandiendo los enormes machos. Los golpes repercutían vibrantes ¡speng… speng… speng! Música de dioses, llena de significación. Cuando le llegase el turno de ser remachador sería el trabajo que más le agradaría.


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