El Caballo de hierro
El Caballo de hierro La locomotora, resoplando y bufando, empujaba el convoy paso a paso a medida que la vÃa se iba tendiendo; los equipos del tren transportaban carriles y traviesas para que no se interrumpiese ni un instante el trabajo. Las piezas de acero relucÃan al sol; el polvo giraba en continuos torbellinos; las voces, las risas, los gritos, el martilleo, el áspero sonido del hierro chocando contra la madera… formaban un conjunto consonante, multicolor, de labor estrenua y vigorosa.
Su camarada Pat enjugábase el sudor que bañaba su rubicundo rostro.
—¡Maldito me vea…, eres una fiera para el trabajo! —exclamó.
—Nos incumbe el honor de marcar el paso a los de más, Pat. Tendrán que seguirnos. ¡Adelante! —replicó Neale.
—¡Por Judas! No hay en toda la brigada quien me prive del honor entonces —declaró Pat—, pero… me gustarÃa estar vivo el próximo dÃa de paga.
—Ven a abrirte el apetito.
—La cabeza me abriré siguiendo asà —contestó Pat—. Escucha, amigo: ¿tienes algo de irlandés en tu cuerpo? —SÃ; algo.
—Ya me lo figuraba. ¡En fin…, moriremos sudando! A la media hora, Pat volvÃa a estar desesperado. Tuvo que descansar.
—¿Cómo… te… llamas…?