El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Neale.

—Pues… deberías llamarte Casey, porque… Casey era el único que podía haberse puesto a tu nivel… ¡Estás sudando sangre!

Pat señaló la camisa de Neale, encarnada y sudada. El joven se palpó y, al sacudir la mano, cayeron gotas de sudor y de sangre.

—¡Y te sangran también las manos! —exclamó Pat.

Así era, en efecto, aunque no se había dado cuenta.

El capataz Reilly, al pasar, se detuvo junto a ellos.

—Hoy tienes con quién competir, Pat. Vamos un kilómetro más avanzado que ayer a estas horas. —Se volvió a Neale—. He visto otro de su casta… Casey se llamaba, y ya es decir.

Siguió su camino y Neale vio el rubicundo semblante del gran Casey con su eterna sonrisa y su eterna pipa negra. Le vio tal y como la última vez había oído hablar de él, y una sombra enturbió la singular claridad de su espíritu.

El silbato de la locomotora suspendió el trabajo, llamando a los hombres a la refacción y al descanso. La lenta y rítmica moción se convirtió en una atropellada carrera hacia el convoy. La horda de sudorosos titanes buscó sitio sombreado donde comer, beber y reposar.


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