El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Durante la tarde, con honda complacencia de su compañero, moderó el paso. El sol, el sudor, el creciente envaramiento de sus músculos menguando su potencia, la sed… fueron actuando sobre sus otras emociones y adquiriendo gradualmente preponderancia. Tenía las manos desolladas, dolorida la cintura y estaba despeado. La herida de su pecho abrasaba, sangrando palpitante. Al ter minar la jornada apenas podía andar.
Regresó con los demás y durmió doce horas para despertar más cansado y entumecido que nunca; pero fue al trabajo con sus compañeros y su segundo día fue de indecible agonía. El tercero, una continua lucha entre su voluntad y su cuerpo, entre el espíritu y el sufrimiento. Mas… mientras le fuese posible dar un paso y transportar una carga, aguantaría. Y desde entonces, poco a poco, fue recuperando las fuerzas.