El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Continuaron avanzando, envueltos por la oscuridad que acrecentaba las dificultades y el peligro, aunque, por otra parte, les permitió atraer la atención de las tropas con fogatas. Uno de ellos se adelantaba para disponer la noguera, mientras los restantes le guardaban las espaldas contra posibles agresiones de los indios. Por fin, los soldados se percataron y contestaron a sus llamadas. Más animado al saberse sostenido, el pequeño grupo se resolvió a emprender el descenso de la loma. Y cuando la noche cerraba —momento fatal en el que el ataque indio habría cristalizado—, la escolta efectuó contacto con la brigada. Sin disparar un tiro, los pieles rojas desaparecieron como por ensalmo, entre el general regocijo. Empero, Neale siguió lamentándose de no haber podido «vérselas con ellos cara a cara».
—A decir verdad, yo también lo estaba deseando —concurrió su fiel aliado King.
Casey se quito la pipa de entre los dientes el tiempo preciso para observar:
—¡Subir toda esta cuesta para luego no peleamos con nadie!
Las primeras palabras del general Lodge al coronel Dillon parecieron inspiradas en la observación de Casey.
—¿Les costó a ustedes mucho reunirse con nosotros, coronel?