El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Continuaron avanzando por terreno pedregoso, subiendo y bajando declives y rampas. Acá y acullá aparecían trechos en los que les era factible montar y los aprovechaban para ganar tiempo. Los indios se perdieron de vista y el hecho los inquieto porque era imposible prever cuándo y por donde reaparecerían. La idea los espoleo a más decididos esfuerzos por alejarse.
Entre tanto poníase el sol, y el apuro en que los ingenieros se hallaban se hacía más serio. Un grito de Neale, que iba a retaguardia, los previno de que los indios habían escalado la altura que ellos acababan de abandonar y, por ende, que la persecución era ya declarada y cercana. El general Lodge dio orden a sus hombres de afrontarla pie a tierra y rifle en mano. La acción contuvo a los sioux, que se detuvieron fuera de su alcance.
—Esperan a que caiga la noche —dijo el explorador.
—Sigamos —dijo el jefe—. Aún tenemos probabilidades de escapar.