El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Los sioux cuarteaban la otra loma, corriéndola como si fuesen por terreno llano. El caballo de Baxter dio de manos y quedo cojo de la derecha. La cincha de la silla de Henney se aflojo, obligándole a perder más precioso tiempo. Los hombres aprontaron sus rifles; a cada ondulación del terreno esperaban llegar a alguna quebrada que hiciese inevitable la defensiva.
Desde uno de los puntos del camino pudieron contemplar claramente la tropa.
—¡Hacedles señales! —ordeno el jefe.
Empezaron a gritar, disparando al aire, agitando sombreros y pañuelos. En vano. Los soldados continuaron su marcha a paso lento.
—¡Adelante… cerro abajo! —Fue la siguiente orden.
—General… me da mala espina —objeto el explorador.
Red King interpuso su mano entre ambos. En sus azules pupilas fulgÃa una acerada llama al recorrer con ellas el declive.
—El apreciar terreno es de mi incumbencia —dijo—. Bajaremos por aquÃ… o no bajaremos.
Neale estaba rendido, cojo y furioso.
—Detengámonos a pelear —jadeo—. Podremos con ellos fácilmente.
—Quizás hayamos de hacerlo —replicó el jefe—. Pero… no ahora. Adelante.