El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Eran ocho hombres bien armados y bien montados. En caso inevitable podÃan haber detenido el avance indio temporalmente. Pero el general Lodge y el explorador se dirigieron a través de un pequeño valle hacia una más alta loma desde la que confiaban ver y ser vistos por la tropa. Galopaban largo y tendido; mas, aun asÃ, les fue preciso un cuarto de hora para ganar la cresta. En efecto, la fuerza de escolta estaba a la vista, pero muy distante, y los sioux les entretallaban el paso para situarse entre ambos.
La ocasión requerÃa rápido y seguro discernimiento. El explorador declaro la imposibilidad de efectuar un contacto con la tropa descendiendo directamente de la loma, y el jefe decidió seguir a su largo. El camino se hizo trabajoso y duro. Uno a uno tuvieron que ir desmontando para llevar de la brida a sus caballos. Neale, jinete en un nerviosa bayo, apenas podÃa conservarse a la altura de los demás.
—Cambia conmigo —dijo Larry.
—No, Red. O puedo con este maldito jamelgo o…
—Bueno, pero como no puedes… —interrumpió Larry—. Además, los caballos son de mi especialidad.
Cogió la brida del inquieto animal, que al punto se dio cuenta de estar bajo una mano maestra.
—¡Por Judas! ¡Tendremos que damos prisa! —exclamó Neale.