El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El jefe y el séquito prolongaron la expedición más que de costumbre y, desde luego, más allá de lo que deberían haberlo hecho sin escolta. De pronto, el explorador se detuvo, mirando atentamente al otro lado del valle.

—Señales de humo hacia allá —dijo.

Los ingenieros miraron con toda detención, sin conseguir ver nada. Prosiguieron su camino, pero el explorador les llamó.

—Esa escuadrilla de pieles rojas nos ha visto y quiere envolvemos. Cuando menos lo pensemos los tendremos encima.

Fueron las pupilas de lince de Neale las que primero percibieron a los indios.

—¡Mirad! ¡Mirad! —grito muy excitado, señalando con temblona mano.

Por una herbosa ladera galopaba una hilera de indios con evidentes designios de interponerse entre los ingenieros y los soldados.

—Bueno, ya no tiene remedio —declaró el explorador—. No podemos retroceder por donde hemos venido.

El jefe contemplo sosegadamente a los indios, mirando luego hacia la prolongada loma que arrancaba de la cúspide. No era la primera vez que se veía en apurado trance.

—¡A galope! —Fue su orden.

—¡Hagámosles frente! —gritó Neale.


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