El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El segundo trazado seguía, hasta cierto punto, la línea del antiguo «camino de St. Vrain y Laramie», prueba evidente de que éste había sido desarrollado por pupilas tan astutas y sagaces como las de los actuales técnicos.
Con una numerosa banda de sioux hostiles atisbando sus movimientos, la brigada expedicionaria halló preciso tener las tropas a mano continuamente. Los topógrafos escalaban los riscales mientras los soldados, desde abajo, les seguían con la vista. Día tras día, la infructuosa búsqueda del paso continuó. Muchos de los lugares estudia dos parecían prometedores para terminar en infranqueables cantiles o quebradas demasiado hondas o rampas demasiado iguales a la vista. El jefe y sus ayudantes estaban desesperados. ¿Fracasaría el magno proyecto por unos metros de empinada pendiente? No se resignaban a renunciar.
La proximidad de Cheyenne Pass ofrecíales algo de esperanza. Acamparon en el valle, en una torrentera, empezando las observaciones desde allí. Una mañana, el jefe, sus subordinados y un explorador ascendieron la torrentera y luego, por el paso, hasta la cima. Nuevamente apareció ante sus ojos el antiguo «camino de St. Vrain y Laramie», y nuevamente las tropas lo recorrieron con los ingenieros a la vista.