El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Sólo unos centenares del vasto ejército obrero asistirían a la reunión de los carriles, pero bastaban para representarlos dignamente a todos. Neale los recorrió con la vista. Sus camaradas, Pat y McDermott, sentábanse cerca cambiando fuego para sus pipas. Parecían sosegados; para ellos la labor había concluido. Estaban agotados; ya no trabajarían más. Un fornido negro apoyábase contra un poste. Un remachador, desnudo el torso, relucientes los enormes hombros, nudosos los brazos, estaba cerca con un martillo de largo astil en la mano. Un grupo de irlandeses con sus camisas azules o encarnadas fumaban, discutiendo, como siempre. Cetrinos mejicanos con los amplios sombreros sobre las rodillas formaban corro bajo un árbol. Chinos de largas trenzas y exótico atavío daban color y variedad al cuadro.

Oyó alzarse un sordo murmullo de entre la muchedumbre y el jadeante resoplar de las locomotoras frente a frente, separadas por escasos metros y asombrosamente distintas de forma. Luego, el pateo de múltiples caballos, el vibrante sonido del metal contra el suelo al dejar el último carril. Un disparo: el relincho de un caballo; una risa. Lo oía todo con sensitivos oídos despiertos.

—Mac, tú que todo crees saberlo, ¿quién construyó el U. P.? —preguntaba Pat.

—¡Es fácil de decir!, ¡por Dios…! ¡Mi amigo Casey!


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