El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Un cuerno…! ¡Fueron los irlandeses!
—¡Viene a ser lo mismo! —replicó McDermott.
—Entonces, ¿con qué se construyó el U. P.? Contesta eso, sabihondo…
—La parte oriental con whisky y la occidental… con té frÃo.
Pat miró a su camarada con acrecentado respeto.
—Mac… tienes talento —concedió—. Los irlandeses vivÃamos de whisky y los chinos de té… Otra pregunta ¿dónde fue a parar el dinero de la construcción?
—Ya te lo dirÃa yo, ¡por Dios!, hasta el último dólar —replicó McDermott.
Y asà prosiguieron, ajenos a lo impresionante del momento. Su hora habÃa pasado. Lo aceptaban con ecuanimidad, como habÃan aceptado las faenas y el calor y la sed y los sioux.
Se abrió un claro entre el gentÃo en el punto de re unión de los dos carriles.
Neale entrevió a sus antiguos colegas, los ingenieros, junto al severo grupo negro de los dignatarios y directo res. El joven experimentó un escalofrÃo de emoción. Su sangre comenzó a circular cálida y triunfante. HabÃa llegado el momento. Alguien vino a buscarle, llevándoselo al puesto de honor, a la cabeza del grupo de ingenieros.