El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Slingerland no pensaba volver a la civilización y ni una sola vez volvió la cabeza, ya emprendido el camino, para mirar al funesto manchón[27] del cantil… a Roaring City.
Llevo sus burros al trote largo, ocupada y distraída a la vez la mente, dichoso por los cuadros que podía evocar de las horas pasadas, melancólico por los indefinidos anhelos de su corazón. La amistad de Neale, el afecto de Allie le hacían comprender cuánto había perdido en la vida. Tal vez no en amistad, porque entre los cazadores la tenía, pero sí en amor; el amor de una esposa, el de una hija.
Por lo demás, el trampero se alegraba de perder de vista los poblados y los hombres y el ferrocarril. Odiaba el refulgente camino de acero que unía el Este al Oeste. Cada martillazo había sido como el tañido de una campana que anunciase la muerte de su profesión. El ferro carril entrañaba el fin de la selvatiquez. Lo que un grupo de hombres ambiciosos había logrado imitarían otros y se agotaría la hierba en las praderas, se acabarían las selvas, se secarían los manantiales de los valles, y las criaturas salvajes se verían perseguidas y exterminadas. Había llegado ya el fin para el búfalo; el del indio estaba a la vista, y el de los animales que constituían la razón de ser del trampero no podía tardar.