El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El monstruo que echaba humo y resoplaba arrojando fuego por las fauces como feroz demonio de exótica tribu; que hendía el silencio tan odiosamente como su camino hendía la llanura; que era de hierro y de madera, obra del hombre blanco procedente de la distancia, desde donde el Gran Espíritu proyecta sobre la tierra el alba, era el fin de los cotos de caza y del indio. Había corrido la sangre; bajo los árboles, muchos guerreros dormían, pero el férreo monstruo que vomitaba fuego seguía impertérrito su camino. Los hombres blancos eran tan numerosos como las pinochas de los pinos. Combatían, morían y otros venían a ocupar su puesto.

El jefe era anciano y sabio; le habían aleccionado las estrellas, y las salvias, y la montaña, el viento y las soledades de la pradera. Reconocía una raza superior, pero no más noble. El blanco arrancaría a la tierra sus tesoros. El indio había nacido para cazar su sustento, repeler a los rojos enemigos, atisbar las nubes y servir a los dioses. Pero esos blancos vendrían como turbonada de langosta, abatiéndose en toda la extensión de la pradera. El búfalo huiría como torbellino de polvo, para perderse en la distancia y no volver… El indio no tendría sustento, ni hierba para su mustang, ni lugar para su tienda. Los sioux tendrían que luchar hasta morir o verse empujados a los yermos y baldíos en los que las penalidades y el recuerdo acabarían con ellos.


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