El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Aún no estoy cierto de que haya ocurrido, pero… temo lo peor. Tuve noticias de que una banda de sioux iba rastreando a unas carretas por los cerros. Previne al que las capitaneaba aconsejándole que levantasen el campo cuanto antes y vine en busca de refuerzos, pero las tropas habÃan cambiado de campamento y hasta ahora no he dado con ellas y… entiendo que será tarde.
—¿Era una caravana? —preguntó muy interesado Neale.
—Seis carretas. Un puñado de hombres, dos mujeres y una muchacha.
—¿Una muchacha?
—SÃ. No debe de tener más de dieciséis años. Una chica muy agraciada, de ojos grandes. Me ofrecà a traerla a grupas y todos la instaron para que aceptase, pero no quiso. Y me da grima pensar…
Slingerland no termino su pensamiento en alta voz. En aquel instante llego Larry, llevando de la brida el caballo de Neale. Slingerland miró atentamente al cowboy.
—¡Hola! —rezongo Larry. No parecÃa ni curioso ni excitado y su sosegado aire de indiferencia contrastaba notablemente con la fogosidad de Neale.
—Veo que traes ya los rifles —dijo el topógrafo.
—SÃ, y algunas provisiones afanadas.