El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Momentos después la fuerza estaba en disposición de emprender la marcha. Slingerland se puso a su cabeza, llevándolos valle arriba, al trote por espacio de una milla, y luego, cruzando al lado opuesto, entro en otro valle. Fueron salvando loma tras loma hasta llegar a un punto desde el cual el «camino de St. Vrain y Laramie» se discernía en el valle, a sus plantas. De allí siguieron la cresta de una loma y cuando el sol apuntaba sobre el horizonte pudo enseñarles el lugar donde la caravana había acampado. Descendieron a aquel valle, en cuyo suelo se vetan las huellas recientes de caballos sin herrar.

—No nos llevan mucha delantera —dijo Slingerland—, pero… la bastante para que lleguemos tarde.

Al entrar en el llano puso la expedición a galope, con las tropas siguiéndolos estruendosamente, hasta que el terreno, más quebrado, volvió a dificultar la marcha.

En tal momento, Slingerland diviso algo que le hizo sobresaltarse. Era la quemada armazón de una carreta. Los bueyes no se veían por parte alguna.



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