El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Después percibieron a lo largo del camino gran copia de mantas y utensilios de campamento, desperdigados. Más lejos, las rodadas abandonaban el camino, como si los boyeros hubiesen perdido la dirección, desorientados por la oscuridad o la premura. Era un paraje abierto, onduloso, sembrado de rocas sueltas y cubierto de maleza. Un saliente rocoso, algunos árboles canijos y multitud de ennegrecidos y carbonizados restos de carros marcaban la escena final de la tragedia.
Neale fue el primero en echar pie a tierra, seguido de Larry King. Se habÃan adelantado a los soldados, más cautos.
—¡Santo Dios! —exclamó Larry.
Neale, empuñando el rifle furiosamente, se adentro entre los incendiados carros. Cuerpos desnudos, mutilados, sanguinolentos y horribles yacÃan en horrenda confusión. Todos sin pericráneo.
Slingerland llego con la fuerza. Desmontaron entre imprecaciones, denuestos y exclamaciones de horror.
El coronel Dillon dio órdenes de buscar cuanto pudiese conducir a la identificación de las vÃctimas. No se halló nada. Lo que el fuego no habÃa consumido debieron de llevárselo los salvajes. De todo el material de campamento sólo quedaban dos palas, una de ellas con el astil quemado, que utilizaron los soldados para excavar las fosas.