El Caballo de hierro
El Caballo de hierro El macabro espectáculo habÃa desmoralizado momentáneamente a Neale. Apartándose de los demás, se sentó sobre una roca. Un sudor frÃo cubrÃale el semblante y experimentaba una extraña sensación desconocida, como de vacÃo, en la boca del estómago. Era su primera experiencia de la diabólica crueldad de los salvajes… Su mente parecÃa un torbellino.
De pronto creyó oÃr un apagado gemido. Tuvo un vio lento sobresalto.
—Debo de estar soñando —murmuró.
Tal nerviosidad le causó la idea que, poniéndose en pie, fue adonde los soldados cavaban las fosas, en el momento en que bajaban a una de ellas un cuerpo de mujer. El espectáculo le recordó las palabras de Slingerland, y viendo al explorador rebuscando por los alrededores, fue hacia él.
—¿Se ha encontrado a la muchacha? —le preguntó.
—Aún no. En mi opinión se la llevaron esos malditos. Si vivÃa, lo más probable es que se la llevaran.
—¡Dios! Ojalá haya muerto.
—Si de consuelo le sirve el saberlo, amigo, lo misma opina Al Slingerland.
Una más intensa búsqueda fue infructuosa. No se hallo el cuerpo de la joven, acabando por considerársela perdida.