El Caballo de hierro
El Caballo de hierro A mediados del siglo pasado arrancaba del amplio Missouri, turbulento y ocre entre sus verdeantes márgenes, un camino que, siguiendo sus meandros, se internaba por millas y más millas en las hermosas praderas de Nebraska, desviándose luego hacia el Oeste por las ondulantes llanuras con sus cañadas, sus lomas, sus interminables hileras de álamos hasta una vasta región de más accidentado suelo, Wyoming, donde las manadas de búfalos se apacentaban, el lobo reinaba supremo y la fogata del trampero alzaba su azulina espiral de humo cabe algún riachuelo. Y más allá, cruzando baldÃos y yermos de indecible monotonÃa, grÃseos y vastos, solemnes y silenciosos bajo el cielo siempre azul; y aún más lejos, por los áridos riscos negruzcos, las estériles barrancas y roquizos desfiladeros, refugio del anta y apostadero del salvaje al acecho. Luego, buscando lentamente el paso entre los enhiestos picachos y cruzando las ventosas altiplanicies hasta Utah con sus valles verdes como esmeraldas, sus cañones llenos de calina, sus maravillosos acantilados en los que el viento dibujaba magnÃficas tracerÃas, y sus salinos lagos sombreados por desnudos y altÃsimos montes; hasta California, donde los cursos de agua corrÃan entre pinos de majestuosa alzada y, una vez allÃ, emprendÃa el grande y postrer descenso acabado el caos montañoso donde, allende las ubérrimas llanuras, se extendÃa ilimitado y vago bajo el sol poniente el Océano PacÃfico.
