El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Neale desmonto, trabando con la brida a su caballo, y miro escrutadoramente a su alrededor. Pero Larry, siempre más a gusto en la silla que en la tierra, siguió montado. De pronto, el topógrafo se sintió irresistiblemente atraído hacia determinado lugar… hacia el saliente rocoso. Empero no logro oír nada excepto el viento silbando entre los canijos árboles. Era inútil volver a examinar el teatro de la matanza. Neale no tenía nada tangible en que basar su extraño presentimiento, pero, absurdo o no, se negaba a achacarlo a su imaginación o a su fantasía. Una voz le había llamado. Estaba dispuesto a jurarlo. Si no se cercioraba de la exactitud de su impresión, le agobiaría perpetuamente. En consecuencia, examino con deliberada calma la cena. Y luego fue al saliente rocoso.

En su base crecían matas de salvia. Se interno entre ellas. La superficie de la roca era desigual… y en su parte baja veíase una grieta. En aquel momento, una lenta y sollozante aspiración petrifico a Neale.

—¡Red!… ¡Ven aquí! —grito con voz que hizo dar un brinco al cowboy.

Cayendo de rodillas, aparto las matas de salvia. La grieta se dilataba al llegar a tierra. En el interior de la especie de covacha que formaba vio una masa de cabello castaño. Su primera idea fue que, cuando menos, los salvajes no se habían apoderado de aquel pericráneo.


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