El Caballo de hierro
El Caballo de hierro King, arrodillado junto a él, se inclino hacia delante.
—¡Es una muchacha! —exclamó.
—SÃ; debe de ser la que Slingerland me dijo…, la de los ojos grandes —replicó Neale. Alargando la mano la puso sobre la cabeza. Estaba caliente. El contacto con el cabello, sedoso y fino, le causo un estremecimiento. Lo más probable era que estuviere moribunda.
Slingerland se les acerco al trote.
—¡Eh, muchachos! ¿Qué habéis encontrado? —preguntó.
—A esa muchacha —replicó Neale.
La respuesta hizo echar pie a tierra a Slingerland presurosamente.
Neale, tras un segundo de vacilación, paso los brazos por la abertura y antecogiendo a la joven por los brazos la saco fuera, sobre el césped. Estaba boca abajo, con el cabello enmarañado y el cuerpo inerte. Neale busco huellas de sangre sin hallarlas.
—Recuerdo el cabello —dijo Slingerland—. Volved la de cara.
—Asà podremos ver qué herida tiene —corroboro King.
Evidentemente, Neale no pensaba lo mismo, porque es taba a todas luces reacio a cambiarla de posición.