El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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Fue como si la voz despertase su razón. Se le quedó mirando. Vario la expresión de su rostro. Entreabrió los labios y se llevo a ellos una temblorosa mano, mientras agitaba la otra ante sí, como apartando algún indecible horror.

Neale sostuvo la mirada con toda la energía de su virilidad dominadora. Y repitió sus palabras.

Fue un espectáculo maravilloso y terrible el verla; el adivinar el sombrío y caótico estado de su mente. Las líneas, la tensión, la edad misma se borraron de su rostro; el fruncido ceño se aliso, rejuveneciendo su frente. Neale vio los desencajados ojos fijos en los suyos, comprendió la intensidad del horror, del inaudito espanto que debería dejar para siempre huellas en su espíritu. Después, aquel velo, sombra del sueño o de la muerte, pareció disiparse de sus pupilas, convirtiéndolas en animados pozos de sombra violeta, surcados por destellos maravillosos de vida.

—Soy blanco —repitió—. Está usted salvada. Los in dios han huido.

Ella comprendió el significado de sus palabras. Luego, con un apagado grito, cerro fuertemente los párpados, extendiendo ambas manos. El horror y el miedo volvieron a apoderarse de ella. Se asió a Neale con dedos de acero e inesperada violencia.

—¿Has visto, Red, has visto? Por un instante recobro el juicio —exclamó Neale.


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