El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El cowboy realizó la operación torpemente, pero con infinita dulzura.

—¡Pobrecilla! Apuesto cualquier cosa a que ha que dado sola en el mundo.

Neale mojó su pañuelo, humedeciendo el rostro a la joven.

—Si no está más que desmayada debería empezar ya a recobrar el conocimiento, pero… mucho temo…

De pronto, ella abrió los ojos. Eran grandes, de tonalidades violáceas, pero cubiertos de un velo como si aún la embargase el sueño; y, no obstante su expresión de horror, parecían mirar sin ver. Sacudió su pecho un violento sollozo; sus manos tantearon buscando asidero; su cuerpo se estremeció temblando. Súbitamente se incorporó, sentándose. No estaba débil; sus movimientos eran firmes. Las aturdidas, horrorizadas pupilas miraron en derredor sin fijarse en nada.

—¡Oh! ¡Ha perdido la razón! —murmuro compasivamente King.

Así lo parecía, en efecto. Se llevo las manos a los oídos como para protegerlos de algún horrible ruido. Y lanzo un penetrante grito. Neale, cogiéndola por los brazos, la volvió de cara, obligándola a que sus pupilas se encontrasen con las suyas.

—¡Está usted salvada! —dijo vivamente—. ¡Los in dios han huido! ¡Yo soy blanco!


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