El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Conmigo estará segura. Los indios y yo somos amigos.

—Conforme. Mas así y todo, procure usted alcanzar a la tropa y dígale a Dillon lo que ocurre y que vamos a su cabaña.

Slingerland partió al galope en dirección a la polvareda que marcaba la situación de los soldados.

Neale miró con detenimiento el semblante de la joven que acababa de rescatar a la muerte. De los labios ligeramente entreabiertos escapó otra vez un gemido. ¡Entonces era cierto lo que creyó oír! Pero… no, no le había atraído solamente aquel casi inaudible sollozo. Algo más, algo intangible, era lo que le impulsó a abandonar la brigada, a volver allí. Un impulso indescriptible, inexplicable. Neale tenía fe en sus impulsos…, en aquellas extrañas corazonadas que a veces le asaltaban. Hasta entonces las mujeres habían ejercido en su vida influencia negativa. Pero aquélla o el hecho de haberla salvado, o ambas cosas juntas, le impresionaron hondamente; para Warren Neale, la vida ya no sería en lo sucesivo la misma.

Red King acudió a grandes zancadas con el sombrero lleno de agua.

—Quítate el pañuelo del cuello y lávale la sangre de las manos antes de que vuelva en sí y se las vea —dijo Neale.


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