El Caballo de hierro
El Caballo de hierro Neale desabrochó la blusa, poniendo la mano sobre el pecho. Sacudió la cabeza.
—Esos gemidos que oà debieron de ser los de su agonÃa —murmuró.
—Es posible. Pero a mà no me parece que esté muerta —objetó Larry King—. Y he visto más de uno. Pon la mano sobre el corazón.
Neale habÃa estado buscando señales de vida en el lado derecho. Cambió de posición la mano y al punto notó un lento pero rÃtmico latido.
—¡Santo Dios, qué simple soy! —gritó—. ¡Vive! ¡Le late el corazón! ¡Y no está herida!
—Por lo menos no vemos que lo esté —corrigió Slingerland.
—Asà y todo, puede haber recibido alguna injuria fatal —sugirió King.
—¡No! —exclamó Neale—. Esa sangre no es suya…, es de otra persona…, de su madre tal vez… Red, trae agua…, recógela en tu sombrero. Slingerland…, vaya usted a alcanzar a la tropa.
Slingerland volvió a montar.
—Tengo una idea. Llevemos a la muchacha a mi cabaña. Está cerca de aquÃ. El campamento dista demasiado. Y si necesita de los cuidados del médico militar podemos traerle.
—Pero… ¿y los sioux?