El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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El último trecho de recorrido para llegar a la cabaña de Slingerland era atravesado por un bellísimo valle de verdor, formado por empinadas vertientes casi de cañón, muy frondosas y con un cristalino arroyo serpenteando por un álveo de roca lisa. El sendero seguía la margen del curso de agua hasta su nacimiento en el horcajo formado por las dos vertientes que constituían el valle; lugar arbolado y verdeante, sobre el que se alzaba la masa gris de las rocas. Una tosca edificación de troncos con los intersticios llenos de arcilla roja, repleta a rebosar de pieles, cueros y aparejos de caza, era la vivienda del trampero.

—Ya hemos llegado a casa —anunció Slingerland en un tono de voz que decía, en efecto, lo que aquello era para él.

—No está mal como instalación —aprobó el cowboy—. Y la cabaña lleva tiempo ya de existencia.

—Mi compañero y yo fuimos los primeros blancos en estos cerros —contestó el trampero—; él ya se ha ido. Y dirigiéndose a Neale.

—Debe usted de estar rendido, llevando así a la muchacha como una muerta… ¡Qué pálida está! ¡Déjemela a mí!

La mano de la joven relajo su presión. Slingerland, cogiéndola, busco un lugar sombreado en el que depositarla. Los tres hombres la miraron dubitativa y seriamente.


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