El Caballo de hierro

El Caballo de hierro

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—Opino que lo único factible es esperar —dijo el trampero.

Red King sacudió la cabeza como si el problema fuese superior a sus fuerzas.

Neale no expresó su pensamiento en palabras, aunque deseaba ser la primera persona en quien se posasen sus ojos al recobrar el conocimiento.

—Bueno; voy a poner en orden un sitio para ella —anuncio Slingerland.

—Nosotros le ayudaremos —dijo Neale—. Red, echa una ojeada a los caballos.

—Lo mejor será desensillarlos y quitarles las bridas, dejándolos sueltos —propuso el cowboy—. No se escaparán por aquí.

La vivienda de Slingerland estaba en realidad formada por dos cabañas juntas, mayor y más reciente la una que la otra y comunicándose por una puerta interior. Era evidente que utilizaba la más antigua como almacén o depósito de sus pieles. Cuando la hubieron desalojado, resulto ser un aposento pequeño con dos ventanas, una mesa y algunos toscos artículos de moblaje, de construcción casera. Los tres hombres limpiaron la estancia, tendiéndole en el suelo una alfombra de pieles de ciervo con el pelo hacia fuera. Con otras de búfalo improvisaron una yacija, recubriéndola con mantas indias. Terminadas estas tareas, el trampero, quitándose el gorro de piel y rascándose la cabeza, apelo a Neale y a King.


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