El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —Supongo que podrán ustedes procurarse algunas cosas… necesarias para la muchacha —sugirió.
Red King lanzó una de sus francas y sonoras carcajadas.
—¡Vaya! Nos haremos con un espejo y un cepillo y cosas de esas que son indispensables a una mujer. En nuestro campamento abundan.
Pero Neale no vio nada de humorÃstico en la perplejidad del trampero ni en el buen humor del cowboy. Le preocupaba más lo serio de la condición actual de la muchacha que sus comodidades futuras.
—¡Allá! ¡Vivo! —grito Slingerland de pronto.
Neale, que era el más próximo a la puerta, salió de un brinco afuera a tiempo de ver a la muchacha sentada en el suelo, con el cabello en desorden y un aspecto general de desvarÃo. Al verle lanzó un grito, dando un violento respingo. Cuando Neale llegó junto a ella la encontró temblando de pies a cabeza. Era imposible una más vÃvida demostración de terror, si bien el joven es taba convencido de que ella veÃa en él un blanco y, por lo tanto, un amigo. Pero el pánico predominaba aún en su mente.
—¿Quién es usted? —preguntó ella.
—Me llamo Neale, Warren Neale —contestó sentándose a su lado y cogiendo entre las suyas una de las trémulas manos, gozoso al oÃrla hablar sensatamente.