El Caballo salvaje
El Caballo salvaje El misterio y la inaccesible naturaleza de la Meseta del Caballo Cerril habían embargado más de una vez el ánimo de Chane Weymer en el cursa de su solitaria vida desértica en Utah. No había caballista nómada que no supiese alguna extraña historia de la vasta altiplanicie. Pero Chane no había tenido nunca ocasión de contemplarla desde tan prominente altura como aquélla a que Toddy Nokin, el pinte, le había conducido. Y la fascinación que sobre él ejercía de antiguo se veía extrañamente acrecentada por las palabras del indio.
El piute afirmaba que la Meseta era el último refugio de famoso garañón salvaje Panquitch y su manada.
¡Panquitch! Ajorado de Nevada por desbravadores de cerriles, entre los que él podía contarse, fue perseguido por los mormones a través de Utah, en cuyas selvatiqueces del Sur de los Montes Henry había desaparecido.
Chane desvió las pupilas de la Meseta para posarlas en los cetrinos rasgos de su acompañante. ¿Merecía crédito Toddy Nokin? Los piutes gozaban fama de amantes de los buenos caballos y no eran propensos a hacer confidencias a cazadores blancos. Pero Chane pensó que en varias ocasiones había patrocinado al indio.
—Toddy… ¿tú seguro… Panquitch… en la Meseta? —preguntó en su pintoresca mezcla de piute y de navajo.
