El Caballo salvaje

El Caballo salvaje

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Las facciones del indio adquirieron la solemne expresión de quien no ha visto bien acogida su confidencia.

—¿Cómo sabes? —insistió Chane ávidamente.

Toddy Nokin hizo un lento y comprensivo ademán hacia el extremo norteño de la Meseta del Caballo Cerril, que casi perdíase de vista en la purpúrea lejanía. El simple movimiento de un brazo y una mano revistió en el indio singular carácter. Sugería senderos abandonados, cañones profundos que cruzar, largas distancias que cubrir. Luego, Toddy Nokin pronunció algunas frases en su propia lengua con la sencilla naturalidad del jefe cuya palabra está por encima de toda duda. La interpretación de Chane no pudo ser correcta en todos sus extremos, pero aun así hizo correr más aprisa la sangre de sus venas. Panquitch había sido visto capitaneando su manada por los áridos bancales roquizos que conducían a la casi perpendicular ladera de la inabordable Meseta. Los caballos cerriles no dejaron huellas. Ni habían vuelto. Piutes de ojos de lince habían estado al acecho, atisbando las únicas salidas posibles de los rojizos bancas. Panquitch seguía en la cumbre de la Meseta con las bicerras[1] y las águilas. El hecho, provocando profundo respeto y admiración en Chane Weymer, le infundió un vehemente propósito. Aquella salvaje Meseta le venía obsesionando de antiguo. Y ahora la razón del irresistible atractivo era fácil de comprender.


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