El Caballo salvaje
El Caballo salvaje Con el tiempo buscó regiones más salvajes. Nevada, Utah, y su hermano Chess, con infantil devoción, le había seguido. Durante un par de años el muchacho había sido fácil de manejar; luego sobrevino la inevitable rebelión. No porque Chess fuese malo, pensó Chane, pero… quería ser su propio dueño. Algunas semanas antes, Chane le había dejado allende los ríos y los pedregosos jarales de la selvatiquez de Utah, en el pequeño pueblo mormón de San Jorge. Chess hizo lo indecible por acompañarle en aquella expedición a territorio piute, al que Chane iba con idea de adquirir una punta de potros indios. Toddy Nokin interrumpió sus meditaciones, manifestando su deseo de ir a su campamento.
—No quiero dejar hija sola —añadió significativamente. Chane recordó que uno de los picadores que se habían unido a él, llamado Manerube, no era hombre en quien por su parte pusiese su confianza.
El pat-pat de los mocasines del indio sobre las rocas se fue alejando. Chane, a solas consigo mismo, volvió ojos y pensamiento a lo que le había llevado a escalar aquellas alturas… a la Meseta del Caballo Cerril.
