El Conductor de Manadas

El Conductor de Manadas

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El oscuro y compacto grupo de jinetes cerraron rápidamente la abertura y se acercaron en semicírculo justamente enfrente del centro del campamento. Brite no necesitó esta vez indagar acerca de su carácter. Reconoció al tostado Wallen, cuyos grandes ojos audaces barrían el campamento y la llanura inmediata. El más destacado de los otros jinetes era un individuo todavía más sorprendente que Wallen: un hombre como de cincuenta años, con una cara semejante a un árido mogote de roca y ojos como grietas violentas. Brite había visto a este hombre en alguna parte. Los otros cinco eran dignos de sus jefes: todos vaqueros jóvenes, entecos y desgreñados.

―Vaya; aquí está nuestro Reddie Bayne ―dijo Wallen, ásperamente, señalando a Reddie con una mano vigorosa.

―El mismo, Wallen; de cuerpo entero ―dijo su teniente en tono seco y duro.

Wallen volvió entonces los ojos hacia Brite.

―¿Así que me ha mentido usted, Brite? ¿No?

―Si lo he hecho, me atengo a mi mentira ―repuso Brite montando en cólera.

Texas Joe se adelantó, tirando hacia un lado, saliéndose de la línea de la galera, con una intención de la que ningún tejano podía dudar.

―Wallen, veo que algunos de sus hombres llevan fusiles de agujas en las monturas ―dijo con hiriente sarcasmo.


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