El Conductor de Manadas
El Conductor de Manadas ―¿Me has desobedecido de nuevo? ―dijo Texas con voz tonante.
―SÃ, lo he hecho…
―Y no sólo eso. Nos has dado un susto mortal, tan sólo por hacerte la interesante. Eres una niña malcriada. Pero tú no puedes seguir dando mal ejemplo en este equipo.
―¿No, eh? ―repuso Reddie débilmente.
―Escucha, Reddie Bayne. El que el jefe te traiga en la palma de la mano, el que seas la chica más linda imaginable y el que yo esté perdidamente enamorado de ti, nada quiere decir. Tú llevas los pantalones del conductor de manadas, cobras sueldo como tal, y como tal tienes que portarte.
Texas se adelantó hacia su caballo y, levantando una mano nerviosa y morena, cogió a la chica por la blusa y, alzándola, la arrancó de la silla.
―¡Oh, oh! ―gritó Reddie, con voz ahogada―. ¿Cómo te atreves…? ¡Déjame! Texas, ¿qué… es lo que vas a…?
―Yo no puedo hacerte a ti lo que harÃa a un hombre, ni azotarte como hice en otra ocasión ―dijo Texas deliberadamente―. Pero voy a sacudirte hasta que despiertes y veas la luz del dÃa.